Trámites

Era como si la pregunta, el recuerdo, y el trámite se confabularan para hacerme caer en cuenta de todo: su sacrificio, mi privilegio y mi insolente ingratitud.

–Que si usted usa lentes – repite tras el mostrador el señor de las licencias.

–No, no, disculpe, no uso lentes –contesto.

–Muy bien, ya tengo todos sus documentos. Tome asiento y cuando vea su número en la pantalla, pase al mostrador del fondo, ahí la atienden para la prueba de manejo –me dice entregándome un papel con el número 253. Volteo hacia la pantalla y veo el número 187. Va para largo, pienso, y me siento a esperar. El recuerdo de los lentes me acompaña, decidido a salir de su largo entierro.

Me asalta la imagen de mamá ese día vestida tan linda.  Me encantaba cuando se arreglaba así, sobretodo porque rara vez lo hacía. Estaba acostumbrada a verla con el desgastado uniforme de cocinera que usaba para ir a trabajar. Pero ese día llevaba su falda roja de tablones, una blusa blanca de tela suave y brillante y sus zapatos negros de charol, los únicos tacones que poseía. Me fascinaba verla maquillada y con el cabello suelto hasta la cintura, me parecía tan bonita, tan limpia.

–Anda a arreglarte tu también Eva que vamos a la escuela a registrarte ­–me dijo mientras sacaba a Jony de la cuna para cambiarle el pañal.

Sentí una mezcla de ilusión y pánico, algo similar a lo que siento ahora. Ya llevaba buen tiempo deseando ir a la escuela. Todos los días alrededor del medio día me salía al pequeño balcón de nuestro apartamento y me recargaba en el barandal a esperar al autobús amarillo. Lo veía desde que doblaba la esquina, conforme iba parándose frente a la entrada de los distintos apartamentos, hasta que por fin se detenía frente al letrero de “Belvedere Apartments”. Observaba a los niños que se iban bajando y en especial a las niñas grandes con sus mochilas rosas o moradas con estampados de flores, de mariposas o princesas.

–¿Cuándo puedo ir a la escuela? –le preguntaba a mamá cuando el autobús y todos los niños habían desaparecido y yo entraba de regreso a nuestro departamento.

–Ahora que cumplas cinco­ –me repetía una vez más, sin levantar la vista del guisado que meneaba frente a la estufa. ¿Qué edad tendría ella en ese entonces? No era mucho mayor de lo que yo soy ahora y eso que ya nos tenía a mi y a Jony.

La escuela quedaba no muy lejos de casa, pero tuvimos que tomar un autobús y después caminar cuatro cuadras. Ella caminaba rápido, empujando la carriola. Jony se quedó dormido cuando dimos vuelta sobre la avenida principal. Hacía mucho calor. Nos fuimos acercando al imponente edificio de ladrillo café y yo sentía que mi entusiasmo y deseos de ir a la escuela se iban quedando atrás. Quizás sería mejor seguir observando a los niños desde el balcón.

–Mejor regresemos a la casa –le dije, a unos pasos de la entrada.

–No mija, ¿cómo crees? Mañana es el último día de las inscripciones y hoy lo tengo libre. Vamos de una vez, ya estamos aquí –dijo abriendo la puerta del edificio y sosteniéndola. No me quedó más que ayudarle a empujar hacia adentro la carriola.

Cerca de la entrada estaba una señora parada detrás de una mesa. En español y con una voz de lo más amable nos saludó, le entregó a mamá unos papeles y un bolígrafo y nos señaló hacia una puerta al fondo del pasillo. Recuerdo que cuando entramos al lugar sentí mucho frío. El aire era helado como en el Wal-Mart y como en la iglesia. Ella siempre me hacía cargar un sweater cuando salíamos, pero ese día entre las prisas y los nervios, lo olvidó. Al poco tiempo aprendería que ese lugar congelado se llamaba la cafetería. Ese día había ahí muchas personas, niños con sus mamás y hermanitos y algunos padres también.

Caminamos hacia una mesa con dos lugares vacíos en una orilla. Jony despertó y comenzó a llorar así que en cuanto nos sentamos, lo levantó y le empezó a dar el biberón. Mientras lo hacía, su expresión era seria. Observaba los papeles sobre la mesa como si la desafiaran. Después de un rato que me pareció eterno, por fin mamá levantó la vista y con su mirada recorrió el lugar de un extremo a otro.

–¿Ves a esa señora Eva? Hazme un favor mija. Ve con ella y pídele si puede venir. Dile que necesito ayuda –y viéndome vacilar añadió: –Ándale mija, no seas tímida. Ayúdame que Jony todavía no termina de comer. Casi seguro que ella habla español.

Me acerqué y con todo el valor que pude reunir le pregunté si podía venir a ayudarnos, señalando hacia donde estaba mamá.  Ella me sonrió y me siguió de inmediato, como si acudir al valiente llamado de niñas pequeñas fuera su única misión. ¿Cómo se llamaba? Busco su nombre en mi memoria mientras consulto una vez más la pantalla. Apenas van en el número 217. A este paso se hará tarde. Saco mi celular y le envío un mensaje a mi jefe para avisarle que no regresaré hoy.

Por más que intento, no logro acordarme del nombre de esa señora. Lo que sí recuerdo es que llegó con mamá, le extendió su mano y se presentó como la asistente de la directora. Se sentó frente a ella y luego, tomando las formas y sin levantar la mirada dijo: –No me diga, voy a adivinar, usted olvidó sus lentes, ¿verdad? No se apure, yo con mucho gusto le ayudo a llenarlas. Vamos a ver…

Ella de inmediato se relajó. –Sí, eso, mis lentes, muchas gracias –contestó sonriendo y me dio un codazo disimuladamente cuando yo estaba a punto de abrir mi boca. La señora fue preguntando una lista larguísima de cosas que después iba llenando en los papeles. Aburrida, recargué mis codos en la mesa observando el intercambio entre las dos, con una sola pregunta rondando en mi mente: ¿Cuáles lentes?

El lugar poco a poco se fue vaciando y sin embargo la asistente de la directora con toda calma repasó las respuestas con mamá antes de sacar una pequeña cajita y pedirle que rodara su dedo pulgar sobre un colchón de tinta negra.

–Si quiere puedo escribir mi nombre –ofreció ella.

–Ah claro, eso está aún mejor. Mire, firme aquí.

La recuerdo tomar el bolígrafo y escribir despacio cada letra de su nombre.

–¡Listo! Ya estás registrada Eva. Te esperamos aquí en dos semanas –dijo y sentí que yo también me relajaba de saber que esa señora estaría en mi escuela. La emoción regresó y quizás por eso no volví a acordarme de los lentes ni de preguntarle.

La pantalla anuncia por fin el número 253. Paso al mostrador y durante los siguientes cuarenta y cinco minutos cubro todos los requisitos para obtener mi primera licencia para manejar. Concluyo el trámite sin dificultad, pongo mi firma y vuelvo a pensar en mamá.  ¿Hace cuanto que no la llamo? Hoy lo haré. Le contaré que me voy a comprar un coche. Que me promovieron en el trabajo. Que le estoy agradecida y que la quiero visitar. Adivino lo que me va a contestar. Que le da gusto que la llame. Que me extraña mucho. Que se siente tan orgullosa de mí.

–Mamá, ¿estás en la casa?

–Sí Eva, aquí ando, ¿quieres venir?

–Sí, voy para allá.

–Ándale mija, acá te espero. Te preparo algo rico de comer.

Le digo que no, que hoy se ponga bonita, que vamos a salir. Debería sentirme culpable al escuchar su respuesta, pero la verdad es que me hace reír:

–¿Y eso, mija? ¿Apoco ya es diez de mayo y yo ni cuenta me di?

6 comentarios sobre “Trámites

  1. Anita , tienes un toque muy sabroso para escribir! Siento que
    Puedo ver lo que cuentas , tus detalles y descripción es muy buena.
    Y disfruto mucho leerte!!
    Felicidades!!

    Me gusta

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