Ladridos lejanos de perros callejeros

Mientras Ramón le traduce a la anciana en qué consistirá el tratamiento, Matthew prepara la jeringa y acerca una pequeña mesa con la charola de instrumentos. Cuando tiene todo listo, el dentista le coloca los anteojos de protección, ajusta la lámpara y comienza. El aliento de la mujer apesta tan rancio que aún con el tapabocas, él desea terminar pronto.

            –Pásame el fórceps por favor –le pide al muchacho y, al tomar el instrumento añade –: Oye Ramón, ¿has sabido algo de tu papá?

            –No, ¿se acuerda que me lo preguntó el día que llegó? Ya es más de un año que no sabemos nada de él –contesta como si nada. Entonces Matthew levanta la mirada y el joven le devuelve su sonrisa de dientes chuecos y amontonados. El dentista siente que la sangre abandona su cuerpo. Suelta el fórceps.

            –¿Todo bien, doctorcito? – dice Ramón y a Matthew ese “doctorcito” le suena distinto.

            –Sí, es solo que, huele muy mal y me estoy mareando –contesta sintiéndose débil –. Ahora vuelvo, quédate aquí con ella por favor.

            Sale del salón y se apresura hacia la entrada. Se arranca el tapabocas y la bata y los tira al piso. No se detiene a mirar la fila de personas que le esperan afuera. Camina casi corriendo, girando la cabeza cada tres pasos. No tiene claro a dónde se dirige, pero sabe que en ese momento debe salir de San Isidro.

 

            Meses atrás, Matthew había decidido llamar a Ramón porque le daba ilusión volver. Quizás en realidad las cosas no estaban tan mal como decía el director de las misiones. Cancelar el viaje le parecía una exageración. Llevaban ya cinco años visitando esa comunidad y jamás habían tenido problemas, tenía esperanzas de que las noticias que llegaban de allá fueran alarmistas.

            –Doctorcito, ¡qué milagro! Qué alegría escucharlo –le había contestado el joven con su amigable y pronunciado acento–. Acá estamos muy tristes de que no se animaron a volver este año.

            –Por eso te llamo Ramón. Cuéntame cómo están las cosas por allá. Yo sí quiero regresar. Si me ayudas con la logística y estás dispuesto a ser mi intérprete, me gustaría encontrar la forma de ir aún si el grupo no va. Te pagaría por supuesto. Pero quiero saber cómo lo ves.

            –¡Pero qué gusto! Mire, le cuento…

            Ramón confirmó lo que Matthew sospechaba. La cuestión por el narcotráfico en esa zona del país se había complicado en los últimos meses, pero en San Isidro no pasaba nada.

            –Además, aquí con nosotros estará seguro. No es como si fuera a venir de turista. En el pueblo ya todos lo conocemos y le aseguro que nadie va a hacerle nada, si usted viene a atender a niños, ancianos y mujeres de la comunidad. Y como le digo, aquí la cosa está tranquila.

            Ramón ofreció recibirlo en casa, vivía con su madre, y dijo que contactaría a Doña Eulalia, la señora que en años anteriores se había encargado de la esterilización de los instrumentos. Aún si ella no podía, estaba seguro de poder conseguir a alguien dispuesto a hacerlo. Muchos se peleaban cada verano por ganarse ese trabajo que pagaba bien y además otorgaba cierto prestigio. El centro comunitario no sería problema tampoco, Ramón le aseguró que se los prestarían para las consultas como cada año. Matthew quedó en que lo pensaría.

            La tarde que tomó el camión del aeropuerto de la Ciudad de México a Puebla, iba solo. Su novia y su madre habían intentado disuadirlo. Pero ellas nunca habían visto los rostros agradecidos, ni habían comido en la plaza cerca del convento, ni excursionado a las afueras de San Isidro con las majestuosas vistas del volcán. ¿Cómo había podido desperdiciar un año más sin aprender español? Llegaría con el mismo vocabulario, que no iba más allá de buenos días, disculpe, gracias, y ¿le duele? Por fortuna Ramón hablaba perfectamente inglés, además de ser un hábil ayudante. Matthew le había enviado con anticipación la lista de los instrumentos y materiales que necesitaba y él se las había arreglado para conseguir todo. Durante el año, Ramón era maestro de inglés en la escuela primaria del pueblo y los fines de semana trabajaba como guía de turistas. Durante el verano, antes de cancelarse las misiones, era él quien coordinaba la logística con la oficina del presidente municipal.

            –¡Doctorcito! –escuchó que le gritaban cuando salió de la terminal. Volteó y lo vio parado junto a su auto, saludándolo. Se abrazaron y Ramón subió la maleta a la cajuela. Matthew se acordó de cuando lo había empezado a llamar “doctorcito”. En un principio le había parecido curioso que, aunque él le sacaba más de un pie de altura y era muchos años mayor, Ramón lo llamara así. Después entendió que era una manera muy mexicana y amistosa de expresarse. Otra cosa que notó al volver a verlo fue que sus dientes seguían igual de chuecos y amontonados que el año pasado, pero no se atrevió a preguntarle qué había sido del ortodontista que supuestamente iba a empezar a dar consulta en el pueblo.

            Ya en el auto, Ramón preguntó: –¿Quiere que paremos antes por algo de comer? O ¿Vamos directo?

            –No, estoy bien. Vayamos directo.

            Sí mejor, así llegamos a buena hora.

            –¿Cómo están las cosas Ramón?

            –Pues ¿qué le digo? No le quiero mentir. En algunos lugares cercanos sí se han encontrado muertos, ya sabe, dicen que pleitos entre las bandas. Pero no se preocupe, en San Isidro la cosa está tranquila. Lo que sí es que, de un año para acá, el turismo ha bajado mucho, no hay trabajo en el campo, y se han ido muchos para allá. ¿Se acuerda de mi primo Miguel? Se fue a Nueva York hace tres meses. Y así como él, otros amigos. El pueblo se siente más vacío, ya verá.

            –Y ¿tú? ¿No has pensado en irte otra vez?

            –No ¿cómo cree? No estoy loco como para volverme a cruzar.

            –¿Has sabido algo de tu papá?

            –No, seguimos sin saber nada.

            A los quince años Ramón había alcanzado a su padre en Arizona. Vivió con él tres años estudiando la preparatoria, pero cuando se graduó regresó a San Isidro. 

            –Allá nunca me gustó –le había confesado en alguna ocasión –. Me gusta mi pueblo, mi gente, y por más pobre que sea, de aquí soy.

            Cuando llevaban media hora avanzando sobre la carretera, de pronto el tráfico fue desacelerando hasta que se detuvo. Se asomaron, intentando ver el inicio de la fila.

            –¿Qué pasa? –preguntó Matthew.

            –Tal vez es un accidente, o es posible que allá adelante haya un …bueno, olvidé como se dice en inglés…son estaciones militares que a veces se sitúan en la carretera y hacen revisiones de rutina…ah, ya sé, como un checkpoint.

            Matthew sintió un nudo en el estómago y comenzó a sudar.  Cuando se acercaron al principio de la fila vio los jeeps color verde militar y a los soldados que les hacían señas de que podían pasar.        

            –Hace ya meses que el gobierno envió al ejército. Cuando pasé por aquí a la ida no estaban –dijo Ramón como disculpándose –. La verdad últimamente no salgo mucho.

            –Creo esta vez yo tampoco saldré mucho –contestó el dentista nervioso.

            Sin embargo, en cuanto entraron al pueblo, Matthew se olvidó de toda la angustia que había sentido. Empezó a reconocer las calles, a ver a los niños corriendo en la plaza y a distinguir caras conocidas.  Ramón le dijo que pasarían primero a casa de su madre a dejar la maleta. De ahí irían al centro comunitario a terminar de preparar todo para las consultas del día siguiente. Aunque fuera él solo, Matthew deseaba en siete días atender al mayor número de personas.

Cuando llegaron a casa de Ramón, su madre salió a recibirlos. Abrazó al dentista con afecto y él notó que la fachada de la casa parecía recién pintada. Al entrar, se alegró de ver que el piso ya no estaba cubierto con petates. Ahora lucía un azulejo opaco color anaranjado.

            –¿Cómo ve?, aquí mi Moncho consiguió unos apoyos del municipio para arreglar la casa, cuéntale mijo –dijo orgullosa la mujer y entregándole un vaso de agua de tamarindo a Matthew, añadió –:  Está hecha con agua embotellada doctor, le compré una buena dotación de botellas.

            –Gracias Doña Carmen –contestó él un poco avergonzado cuando el joven le tradujo –. No quiero que gasten por mi culpa, por favor dile a tu madre que te diga cuanto gastó.

            –Claro doctorcito, usted no se preocupe.

           

            Parecía que todo San Isidro se había dado cita en el centro comunitario. Hasta el párroco y el presidente municipal estaban ahí. ¡Bienvenido! ¡Sorpresa!, gritaban. Incluso los niños pequeños que por lo general lo evadían, corrían a abrazarlo mientras que la banda del pueblo tocaba esas típicas alegres melodías que recordaba. Las mujeres le ofrecían platos con enchiladas de mole, tamales, y sopes. Después seguían los buñuelos, los churros, las gelatinas y los brindis con cerveza y tequila. Muchas gracias, muchas gracias les decía él conmovido y contento de haber ido. Le gustaba estar ahí.

           

            A la mañana siguiente cuando se acercaban hacia el centro, Matthew vio que la fila de gente daba toda la vuelta a la manzana. Pensó que quizás que el material que había ordenado no sería suficiente.

            –Si se termina, consigo más –lo tranquilizó Ramón.

            Ese primer día trabajaron sin parar desde las ocho de la mañana hasta las dos de la tarde. Era limitado lo que Matthew podía hacer ya que no podía tomar rayos X ni realizar procedimientos complicados. Se limitaría a hacer limpiezas, curar caries, y en casos que consideraba insalvables, extraer muelas. Ramón fungía como recepcionista, intérprete y asistente dental. A medio día regresaron a comer con Doña Carmen. Matthew no acostumbraba a dormir siesta, pero cuando iba a San Isidro le gustaba seguir esa tradición. A las cuatro de la tarde regresaron a seguir con las consultas casi hasta que se metió el sol.

            Volvieron exhaustos a la casa, merendaron y se acostaron temprano. La segunda noche después de merendar, Ramón dijo que tenía que salir. Se despidió de su madre con un beso y los dejó ahí solos. Matthew se retiró a leer a su habitación y no tardo en quedarse dormido. La tercera noche pasó lo mismo. Su amigo salió, dejándolo en casa con su madre sin más explicación.

            – “Girlfriend” –dijo ella, como confiándole un delicado secreto.

            –Ah, comprendo –dijo Matthew sonriendo.  Al poco rato le dio las buenas noches.

            El ruido lo despertó. Asustado, se sentó. Volteó a la cama de al lado y vio que Ramón aún no había regresado. ¿Habían sido disparos? Ahora lo único que alcanzaba a escuchar eran ladridos lejanos de perros callejeros. Esperó unos segundos y tras el silencio, se puso de pie. Jaló la cuerda que colgaba del techo y encendió el foco. Eran las dos de la mañana. Apagó la luz y volvió a acostarse, pero permaneció con los ojos abiertos. Rato después escuchó ruidos.

            –Ramón, ¿llegaste? 

            –Sí, doctorcito discúlpeme, lo desperté.

            –Me pareció escuchar algo, parecían disparos. ¿Ha pasado algo?

            –No, todo bien.          

            –Estaba preocupado por ti.

            –Salí con unos amigos. Duérmase tranquilo, apenas van a dar las cuatro.

            Matthew tardó en volverse a dormir.

 

            Al salir del baño por la mañana, vio que Ramón ya estaba desayunando.

            –Buenos días doctorcito. Me voy a adelantar, tengo que ir a ver lo de un servicio de turismo para la próxima semana. Lo veo allá.

            Matthew desayunó una rebanada de pan dulce y una taza de café. Llegó al centro comunitario quince minutos antes de las ocho y se encontró con más de una decena de personas afuera.

            –Uno momento por favor –dijo saludándolos y entró a buscar a su asistente.

            En el salón que utilizaban como consultorio, solo se encontraba la mujer que desinfectaba los instrumentos.

            –Buenos días, Doña Eulalia, disculpe ¿Ramón?

            –Buenos días doctor. No lo he visto –contestó. 

            Matthew salió y caminó por el pasillo, asomándose en los otros salones. Al fondo, la oficina del encargado del centro tenía la puerta cerrada y Matthew alcanzó a reconocer la voz de Ramón. Se acercó. Su amigo hablaba en inglés:

             –… no, esperemos…sí, el lunes sin falta…no podemos arriesgar el cargamento…sí sí, yo lo coordino con mi papá…sí, está bien, hablemos después.

            Matthew retrocedió unos pasos, se dio la vuelta y regresó al salón. Doña Eulalia ya no estaba, había dejado todos los instrumentos listos sobre las charolas.

            –Buenos días doctorcito, ya estoy aquí –dijo el joven entrando en el salón.

            –Hola Ramón. ¿Todo bien?

            –Sí. Tengo suerte. Van a venir unos turistas de Canadá así que ya tengo trabajo empezando el lunes. ¿Listo para empezar? ¿Quiere que deje pasar al primero? La fila hoy está larga, ¿ya vio?

            –Sí, por favor, que vayan pasando, gracias –contestó y colocando una mano en el mentón, se quedó pensativo.

            El primer paciente era una anciana que decía tener sesenta años pero que parecía más bien de ochenta. Se acomodó con dificultad en la silla dental que desde hacía cinco años alguien había donado. Su aliento apestaba

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