Una barda color rosa mexicano

Que extraño. Otra vez la alarma sísmica. Si apenas hace dos horas nos hicieron bajar a todos por el simulacro. Eso pensaba Julieta mientras tomaba el celular y sacaba su bolsa del cajón derecho del escritorio. Sus compañeros, como ella, se dirigían fastidiados hacia las escaleras. Mientras caminaba, decidió marcarle a su mamá. Julieta no recordaba el temblor del 85, cuando tenía apenas cuatro años, casi la misma edad que tenía ahora Elena, su hija. Pero conocía de sobra lo nerviosa que se ponía su mamá con la alerta de temblor, más aún ese día y justo después del simulacro de esa mañana conmemorando treinta y dos años de aquel devastador terremoto en la Ciudad de México.

            –Mamá, ¿estás bien? ¿Escuchaste la alarma? ¿Dónde estás?

            –Ay hija, sí, la estoy escuchando. Estoy en la calle, saliendo del doctor. Voy a pasar por mis medicinas y luego…¿Hija?… ¡Julieta, está temblando…está temblando!

            –Si mamá, lo estoy sintiendo también. ¡Quédate en la calle! Todo va a estar … –la llamada se desconectó y el teléfono se quedó sin señal.

            Julieta en seguida empezó a sentir como los escalones se mecían de un lado al otro bajo sus pies. Aprisionada en el estrecho espacio, repleto de gente, comenzó a gritar desesperada.

            –¡Apúrenle! ¡Corran! ¡Se va a caer! ¡Dios míooooo!

            Todos gritaban. Las paredes crujían y parecían doblarse. No, no parecían. Se doblaban y comenzaban a cuartearse. Mareada y aterrada, se paralizo en la barandilla, consciente de lo estúpida que era, pero incapaz de seguir.

            –¡Vamos Julieta! –escuchó que la llamaban. Héctor, su jefe, le extendía una mano para ayudarla. Sosteniéndose de su hombro, logró bajar los escalones de los tres pisos que le faltaban para llegar a la planta baja.  

            Al salir a la calle, Julieta corrió hacia el camellón, resguardándose debajo de un árbol. Desde ahí distinguió la figura de Sandra, recargada a la pared exterior del edificio.

            –¡Sandraaaaaaa! –le gritó lo más fuerte que pudo, intentando persuadirla con el movimiento desesperado de sus brazos que se alejara del edificio y corriera a resguardarse con ella bajo el árbol. Pero Sandra no le hacía caso. En cambio, su amiga le señalaba hacía arriba, hacia los cables de luz encima del árbol que se mecían violentos sin que Julieta lo advirtiera.

            La tierra la sacudió con furia despiadada durante lo que, después supo, fueron veinte segundos. Veinte segundos en los cuales ella solo pensaba en la carita de Elena. Esa que había besado cinco horas antes, cuando la dejó en el kinder. Cuando por fin la tierra se detuvo, Julieta se unió a la corriente de personas que empezaron a correr en la misma dirección que ella.

            –¡Se va a caer! ¡Se va a caer! ¡Se caeeeeeee! –exclamaron unos, luego otros, y luego muchos más hasta que todos entonaban un coro desgarrador, volteando hacia atrás, alejándose del edificio que se desplomaba sobre la Avenida Alvaro Obregón, a treinta metros de donde ella estaba.

            Vio placas de concreto descender una sobre otra, escuchó el chillido de los vidrios al estallar, olió el gas que emanaba de las tuberías quebradas, y a cada paso se sentía amenazada, frente a cada edificio endeble que libraba, corriendo la eternidad de ocho cuadras para llegar al colegio de Elena.

            Al doblar la esquina, pudo distinguir la barda color rosa mexicano del Instituto Niños Héroes, aún de pie. Aceleró el paso. Mientras esa barda permaneciera así hasta que ella llegara, no importaba nada más. En la puerta esperaba el director.

            –Todo está bien– le dijo, con voz tranquila. Entonces ella cayó al piso de rodillas, se cubrió la cara y se soltó a llorar.

            Entró al patio del colegio y viendo a los niños felices, tranquilos, jugando, tuvo que limpiarse las lágrimas, respirar, desempolvarse el pelo y la ropa y calmarse para entrar en aquel mundo mágico en el que gracias a esas hadas llamadas maestras, todo en realidad estaba bien. En cuestión de segundos y antes de que Julieta la viera, su hija llegó corriendo hacia ella.

            –La escuela bailaba mami –le dijo cuando Julieta se agachó a su altura y la abrazó, acariciándola y aspirando el dulce olor de su pelo.

            Escuchó la voz del director anunciando a los padres que debían llevarse a los niños a casa. ¿Pero por qué debía ser ella la que decidiera qué hacer, a donde ir? No se creía capaz de salir de ahí fingiendo que no pasaba nada, distrayendo a Elena en el trayecto como si todo fuera un juego. No quería tomar el camino de regreso con su hija a la oficina por el auto y enfrentar los restos del edificio, de ese y de tantos otros que vería. No quería averiguar lo que le pasó a Sandra ni lo que les pasó a esos compañeros que no pudieron, o no quisieron, evacuar a tiempo. Mucho menos saber de aquellas mamás que llegaron a escuelas colapsadas con niños atrapados.

            Y no estaba lista para sentir la desesperación de pasar horas en el tráfico sin poder comunicarse con su mamá, sin saber si estaba bien. No quería ser la mujer sentada en el sillón a medianoche pegada a las imágenes de la televisión y del teléfono, sintiéndose culpable por estar viva. Se resistía a la conciencia de vivir en una ciudad en donde algún día, quizás ese mismo, volvería a temblar.

            Caminando hacia la salida del colegio, Julieta vio la barda color rosa mexicano y de pronto se detuvo. 

            –Vamos mami –le dijo Elena.

            Julieta volteó a ver a la niña que sostenía su mano y vio que eran del mismo tamaño.

            –¿Juegas conmigo? –le contestó, volviendo su mirada hacia el patio.

            –Pero el director dijo que debemos irnos –dijo Elena jalándola.

            Yo voy a jugar, pensó y soltando a esa niña que la jalaba, se fue brincando de regreso hacia el patio del colegio.

4 comentarios sobre “Una barda color rosa mexicano

  1. Qué cuento tan lindo Anita! Me movió muchísimo y me llevaste al lugar y a los sentimientos de esos momentos. Aunque yo no lo viví, me acuerdo de todas las experiencias de gente conocida y desconocida que vivieron esa horrible experiencia. Gracias por escribir tan bonito!

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  2. Que lindo cuento Ana! Me encanta que era como un cuento de Hadas adentro de la escuela. Gracias a los maestros y maestras que protegen a nuestros chiquitos!
    Y que le pasó a Sandra???…..

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